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VIVENCIAS DE UNA MUJER AMPUTADA

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Historia de nuestra amiga y socia Noemí

VIVENCIAS DE UNA MUJER AMPUTADA

Me llamo Noemí, tengo 29 años y estoy amputada de brazo izquierdo. Espero que mi pequeña historia pueda servir tanto para  aquellas personas que hayan sufrido una amputación como para los profesionales de la medicina que cada día atienden a accidentados de tráfico en las carreras y en los hospitales.

El accidente ocurrió el 10 de agosto de 2005 cuando circulaba en un ciclomotor por una carretera en dirección a Ciudadela (Menorca). Repentinamente, un coche invadió mi carril y aunque realicé una maniobra para intentar esquivarlo, al llevar acompañante, me fue imposible estabilizar la moto y salí despedida hacia el coche. Mi hombro izquierdo colisionó violentamente entre el cristal y la chapa del coche, y como resultado del choque, mi brazo quedó seccionado a la altura del hombro. Quedé tendida en el suelo y como no era consciente de lo que había pasado y me encontraba bien, intenté incorporarme. Mientras lo intentaba, escuché que alguien gritando me decía que no me levantara, fue entonces cuando apoyé mi cara en el asfalto y perdí el conocimiento.

Mi siguiente recuerdo fue el despertar en la UCI del hospital con parte de mi familia alrededor de la cama. Me encontraba desorientada y aunque recordaba haber tenido un accidente de tráfico, no era aún consciente de sus consecuencias.

A medida que fui reordenando mi memoria, me empecé a asustar y reclamé la presencia de una enfermera a la que le pregunté exaltada qué me había ocurrido. Recuerdo perfectamente que me respondió lo que yo ya sabía, que había tenido un accidente, pero… ¿y mi brazo? ¿Que le ha pasado a mi brazo?

 

Cuando me lo contó, fue tan fuerte la impresión que perdí por completo los nervios y me tuvieron que sedar. Al despertar de la sedación,  comencé a llorar desconsoladamente y mis primeras palabras se dirigieron a mi madre. Le dije que me quería morir… ¿Cómo iba a vivir así?, le insistía constantemente que era muy duro lo que me había pasado. Era como si por repetirlo tantas veces, pudiera recuperar mi brazo. Después de esta primera reacción, comencé a intentar asumir poco a poco mi situación aunque no del todo convencida.

Pasaron los días y me trasladaron a una planta hospitalaria. Este traslado provocó en mí un cambio: en ese momento me propuse afrontar mi nueva situación. Ya no me quedaba otro remedio. El poder de auto-convicción fue tal, que me empeñé en realizar ciertas cosas por mi misma, empezando por  ducharme sin necesidad de llamar a la enfermera o a alguien de mi familia.

Cuando comencé a notar sensaciones raras en mi brazo amputado, no se lo confié a nadie por miedo a que mi familia pensara que estaba obsesionada con mi brazo, y no fue hasta la primera visita del equipo médico cuando expliqué lo que sentía. Les conté mi intención de asumir mi amputación pero también que sentía que se movía el brazo, las uñas e incluso el reloj que me estaba apretando en la muñeca y que eran sensaciones un tanto molestas.  Los doctores me explicaron que era una sensación normal después de una amputación y que en unos meses desaparecería.

Hoy, después de siete años, puedo decir que no solo no me han desaparecido esas sensaciones, si no que van acompañadas de los clásicos “dolores de miembro fantasma”. Es tal la frecuencia,  que este “fantasma” es ya parte de mi vida.

Ocho días después, aunque no estaba del todo recuperada, mi deseo de volver  a mi casa de Palencia con mi familia era tan grande que recibí el alta hospitalaria.

Desde el primer momento, ya en mi casa, intenté con mucho esfuerzo empezar de cero mi nueva vida. A pesar de mi fuerza de voluntad, cualquier intento de hacer las cosas cotidianas se me hacía terriblemente duro. Por las noches no conseguía conciliar el sueño y me envolvía el desazón, por lo que me levantaba muy cansada. Por las mañanas pasaba horas delante del espejo viendo mi nueva imagen e intentando hacerme a la idea de que lo que veía frente a mi era la realidad, mi realidad, y que  no era ningún sueño.

Un único pensamiento me perseguía a todas las horas del día: ¿Cómo va ser mi futuro?, ¿Me podré valer por mi misma?, ¿Cómo aceptará mi pareja esta nueva imagen una vez que termine la fase de consuelo?, ¿Cómo y de que forma podré trabajar en cualquier ocupación dada mi gravísima limitación?

Hasta ese momento había tenido la herida tapada y aún no me  había visto la imagen real. Acudía al Centro de Salud para hacer las curas pero no quería mirar ya que no estaba mentalmente preparada. Tenía miedo, mejor dicho, pánico y dejaba que las enfermeras hicieran su trabajo pero ni siquiera miraba de reojo.

Consciente de que la herida una vez destapada era mejor tenerla al aire, un buen día, tomé la determinación de dar ese paso y por primera vez ví mi amputación y la cicatriz aún tierna. Sorprendentemente, no fue un momento tan trágico como esperaba. Fue entonces cuando empecé a ser consciente de que la vida me había dado una segunda oportunidad y me fui enfrentando a realizar actividades como vestirme sola, abrocharme los botones (esto supuso un gran reto), etc. Cada prueba superada era un logro y cada vez tenía más fuerza interior para intentar recuperar otras habilidades más complicadas.

En todo este proceso tuve un gran apoyo de mi familia, mis amigos y mi pareja. Él fue un pilar muy importante en este episodio de mi vida, estuvo junto a mí en todo momento de forma  incondicional, sin separarse un minuto y comprendiendo todas mis inquietudes y miedos sobre nuestra relación.

Con el paso del tiempo y gracias otra vez a él, todo se fue normalizando, volviendo a su cauce y supuso una gran ayuda para que mi vida volviera a ser la de antes del accidente.

Comencé a encarar la vida desde otra óptica, más optimista, y aquellos persistentes pensamientos se iban diluyendo día a día y vuelvo a repetir que todo ha sido gracias al apoyo y calor que me han brindado las personas de mi alrededor desde el primer momento.

La vida familiar seguía y faltaban pocos meses para que llegara al mundo mi primera sobrina. La idea de no poder cuidar de ella o de no poder sacarla de paseo me afligía y preocupaba muchísimo, sentía que no iba  a poder disfrutar de ella. Su nacimiento hizo que todos nos olvidásemos un poco de mi historia. Yo siempre digo que Paula nació en el momento más apropiado porque desde el día de mi accidente no habíamos tenido la ocasión de celebrar ningún acontecimiento con alegría.

Aunque yo aún no confiaba en mis destrezas, era mi hermana la que ponía toda su confianza en mí, no sé si era por lo mucho que nos queremos o como ayuda psicológica, pero lo cierto es que me encargó el cuidado de Paula mientras ella realizaba sus ocupaciones profesionales.

La primera vez que me dejó al cargo de la niña, la dejó recién comida y dormida tranquilamente en su carrito. A los diez minutos después de que mi hermana se fuera, la niña comenzó a llorar. Me empecé a poner nerviosa, y como no me atrevía a cogerla, la acunaba pero no había manera de tranquilizarla.

Otras veces había cogido a  la niña en brazos, pero siempre con ayuda. Ahora tenía que hacerlo sola, y en cuanto lo hice, la niña dejó de llorar y yo me sentí inmensamente feliz por la niña pero sobretodo por mí. Las cosas se complicaron más y Paula se hizo caca manchándose el pijama. Al principio pensé en esperar a mi hermana pero afronté el reto y decidí, aunque muy nerviosa, cambiarle el pañal… Y no sólo le cambié el pañal, sino que le puse un vestido y ¡hasta unos leotardos!.

Estaba muy orgullosa de mí por ese importante reto que tanto me preocupaba y que yo había superado.

A los pocos meses del accidente, me puse en contacto con una asociación de amputados (Andade) y una persona muy especial me abrió muchas puertas que ni sabia que existían. Empecé a tratar con gente como yo, amputada, terapia que me vino muy bien ya que podía hablar en  nuestro “peculiar idioma” de los problemas, sensaciones o impresiones e incluso poder ayudar a otros en similares circunstancias.

Han pasado siete años desde entonces, y llevo una vida de lo más normal. Trabajo cara al público en una agencia de viajes y no tengo ningún rubor o miedo al hacerlo. Cuando tengo viajar por motivos profesionales lo hago como cualquier persona, dispongo de mi coche adaptado y sigo  disfrutando de la vida con mi  pareja y hago todo lo que una chica de mi edad  puede hacer.

Ahora después de todo lo que ha pasado, no hay día que no me acuerde de todo lo sucedido pero he aprendido a vivir con ello y puedo decir sin ningún género de dudas que ¡ SOY Y VIVO FELIZ !.

Procuro, cada día, mantener vivo el lema de nuestra asociación:

“Caerse está permitido, levantarse es obligado”

Me gustaría terminar con un agradecimiento al equipo de emergencias del 112 que me recogió, atendió y estabilizó hasta mi llegada a Urgencias del Hospital y por supuesto a todo el equipo médico, enfermeras, etc., que lograron que mi estancia en el hospital fuera lo menos dolorosa posible.

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